Lo que Isabel Preysler no cuenta en sus memorias (IV): Cómo fue ‘ninguneada’ por la familia Falcó.
La socialité Isabel Preysler, que ha publicado ‘Mi verdadera historia’ este miércoles, omite lo que de verdad sufrió cuando se unió a Carlos Falcó.

La socialité filipina Isabel Preysler (1950, Manila) se ha convertido hoy en la estrella mediática, tras lanzar a la luz su libro autobiográfico ‘Mi verdadera Historia’ (Espasa).
Y nunca mejor dicho, ‘su’ o ‘mi’, porque como elcierredigital.com viene contando, su historia tiene dos caminos (el A o el B), según ella los quiera contar.
Hoy vamos a relatar lo que de verdad sufrió cuando se unió a la saga de los Falcó. Su vida aristocrática, que no fue tal.
Isabel Preysler había anunciado un 21 de julio de 1978, en pleno arranque de la movida madrileña, la ruptura oficial de su matrimonio con Julio Iglesias.
Y lo hizo a través del diario Arriba —uno de los periódicos propiedad del llamado Movimiento Nacional— y de la revista ¡Hola!.
El entonces redactor jefe de esta revista, Jaime Peñafiel, nos relató cómo transcurrieron los momentos más tristes y amargos de la pareja durante la tarde-noche-madrugada de ese día.
“Solo transcurrieron veinte horas entre la visita de Isabel a mi despacho de ¡Hola! para quejarse de su marido y la de Julio, acompañado de Alfredo Fraile, con el rostro demacrado, los ojos enrojecidos por falta de sueño o porque había llorado (aquella noche ya no durmió, es un decir, en el hogar familiar de la madrileña calle de San Francisco de Sales), para entregarme un papel, tan vulgar como una cuartilla y firmado por los dos en el que en diez líneas liquidaban siete años de matrimonio”.
Pero la verdad es que Isabel Preysler ya no podía ocultar que había sido cogida en una falta que tenía nombre y título: Carlos Falcó, el marqués de Griñón.
Y quizá porque no hay mejor defensa que un buen ataque, siempre habló de sus frustraciones con Julio Iglesias, de las ausencias del cantante, de sus infidelidades, de sus soledades… Que sí eran verdades y silenciadas por los periodistas de entonces.
La llegada del marqués de Griñón a la vida de Isabel Preysler.
Fue tras el anuncio de la ruptura ya oficializada cuando se abrió definitivamente el melón. Isabelita apareció muy pronto al lado de otra persona.
Era un aristócrata: Carlos Falcó y Fernández de Córdova, marqués de Griñón y de Castel-Moncayo y uno de los grandes de España.
Hacía ya varios meses que se veía secretamente con él, tanto en su casa de Madrid, en la calle Fortuny, como en la finca “El Rincón”, que el marqués poseía en Aldea del Fresno (Madrid).
Una heredad convertida en zoo privado, donde los animales vivían en semilibertad. Poco les importaba su gran diferencia de edad, catorce años entre ambos.
Esa amistad semifurtiva le ayudó a intimar. Cuentan sus allegados que el hecho de unirse a Carlos Falcó fue un pretexto para sí misma, quizá por puro despecho. Empezó a ser consciente de que era una mujer atrayente.
Su relación con Falcó fue muy distinta a la mantenida con Julio Iglesias. Con el marqués fue mucho más fluida, tanto la comunicación como el trato.
Isabel se proyectaba como una mujer sensata y cumplidora. El marqués le proporcionaba además cultura, educación y, sobre todo, un gran arraigo social.

Cada día que pasaba la extremada amabilidad y delicadeza de la filipina estimulaban más a Carlos Falcó.
Un personaje elegante, educado, de gran caballerosidad, con un conocido papel de seductor y con facilidad para enamorarse de bellas mujeres.
Por aquellas fechas, año 1978, este aristócrata tenía novia oficial, la joven Sandra Gamazo, sobrina del Conde de Gamazo e hija de Pimpinella Hohenlohe y de Claudio Gamazo.
Pero el marqués muy pronto abandonó a la glamourosa Sandra para caer rendido ante la dulzura de Isabel Preysler.
La filipina, a pesar de su juventud, 27 años de edad, ya había hecho de la fama su medio de vida.
Los periodistas de entonces contaban cómo Carlos Falcó salía a veces metido en el maletero del coche de casa de Isabel, en la calle San Francisco de Sales, para que no pudieran verlo los fotógrafos que hacían guardia en la puerta (años después haría lo mismo Miguel Boyer en su domicilio de Arga 1, pero tapado con una manta en la parte trasera).
La historia del marqués de Griñón.
El marqués de Griñón y de Castel-Moncayo vino al mundo en el sevillano Palacio de las Dueñas el 3 de febrero de 1937, en plena guerra civil, con las tropas nacionales en la ciudad hispalense controlando este palacio propiedad de su prima, la duquesa de Alba.
Es hijo de los duques de Montellano, Manuel Falcó Escandón, estrecho colaborador de don Juan de Borbón, e Hilda Fernández de Córdova, que acumulan 41 títulos y 13 grandezas de España.
Pero su vida casi termina en abril de 1962 en un trágico accidente de circulación del que milagrosamente salió ileso, como copiloto, de un choque frontal contra un vehículo Dauphine a la altura del pueblo de La Jineta, en Albacete, durante su participación en el rally Madrid–Biarritz organizado por el RACE, organismo del que su padre era presidente.
En ese accidente murió su hermano, el teniente de navío Felipe Falcó, marqués de Pons, con tan solo 33 años, que conducía el vehículo Triumph TR3 con el que se estrellaron.
Un año y medio después de este trágico suceso, el 6 de diciembre de 1963, tras un noviazgo muy corto, contrajo su primer matrimonio con Pilar Juana Girod del Avellanal, Jeanine Girod, como era conocida.
Ésta era una mujer de carácter y belleza moderna, amiga del rey Juan Carlos, nacida en Ginebra (Suiza) en 1943 y perteneciente a una familia de la alta sociedad europea con una importante fortuna procedente del negocio de relojes y joyas, que tenían tanto en Madrid como en Barcelona.
La pareja se trasladó a vivir a California, entonces cuna del movimiento hippie y donde era habitual el consumo de los famosos cigarros de marihuana (“algunos porros sí me fumé”, dixit Falcó).
Allí, además de completar sus estudios de economía agraria, nació en 1964 el primer hijo del matrimonio, Manuel Falcó Girod.
Tras su vuelta a España, el marqués comenzó a dirigir las explotaciones agrarias de la familia en Toledo y Extremadura.
En 1967 nacería su segunda hija, Alejandra, más conocida por Xandra, dedicada al negocio de los vinos de su padre.
Pero solo tres años después de nacer la niña se separaría definitivamente de Jeanine Girod, que le abandonó por otro hombre tal como hizo Isabel con Julio Iglesias, obteniendo más tarde la nulidad eclesiástica, como no podía ser menos en tan alta alcurnia.
Su separación y su romance con Isabel Preysler no gustó a los miembros de su familia.
En concreto, a su madre Hilda Fernández de Córdova, que comenzó a referirse a Isabel como ‘la china’.
A la clase aristocrática no le agradaba la filipina y afirmaban que lo único que pretendía Isabel era un título nobiliario.
Pero eso no mermó el declarado interés del marqués por casarse con ella. Así, el domingo 23 de marzo de 1980 contraían matrimonio, con absoluta discreción, en la pequeña y antigua capilla de la finca familiar de “Casa de Vacas”, en Malpica de Tajo (Toledo).
En esa pequeña capilla el párroco de la propia finca, don Basilio, recitaba todos los días misa en latín para los aristócratas mientras el servicio la escuchaba desde la sacristía.
Los Falcó deseaban a toda costa evitar más escándalos y se encargaron de defender celosamente el secreto del acontecimiento.
Este se llevó con el mayor de los anonimatos, a diferencia de la primera boda de Isabel con Julio Iglesias.

Los invitados fueron alertados con un tiempo prudencial para evitar la propagación de la noticia.
Incluso al servicio doméstico se le comunicó que se iba a dar una fiesta familiar ese día, pero sin más detalles.
La madre del novio, la duquesa de Montellano, se ocupó personalmente de la organización, dejando a su futura nuera únicamente la elección del vestido, un traje corto de color salmón claro con encaje de Valenciennes teñido al tono, que fue elaborado por el modisto Jorge Gonsálvez.
Al ser segundas nupcias, se eligió el color asalmonado por ser el que más favorecía a Isabelita. Por su parte, el novio lucía un traje oscuro.
Fue una celebración íntima, casi secreta, a la que asistieron un total de veinticuatro personas, que al final del ágape bailaron unas sevillanas que cantaron in situLos del Río.
Sí que acudió a la boda la madre de Isabel, a pesar de una primera negativa familiar y después de una reconciliación en la que intervinieron varios miembros del clan Preysler, ya que en la tradicional sociedad filipina una separación significaba un escándalo y si había segundas nupcias aún peor.
No asistió, sin embargo, su padre, que moriría en el otoño de 1992 y a cuyo entierro en Manila no fue su hija. Ante su ausencia fue un amigo de la familia quien actuó de padrino en la ceremonia.
Siete meses antes de la boda Isabel había conseguido la nulidad de su matrimonio con Julio Iglesias gracias al Tribunal Eclesiástico de Brooklyn, en Nueva York (EEUU), famoso por su rapidez y eficacia como coladero.

Fue el abogado Antonio Guerrero Burgos, fundador y expresidente del Club Siglo XXI, de Madrid, perteneciente al cuerpo jurídico militar, duque de Cardona y grande de España, amigo íntimo de Carlos Falcó, quien ayudó a Isabelita a conseguir su objetivo.
Ya antes, también por indicación de Falcó, la había ayudado a conseguir las rentas monetarias adecuadas de su separación matrimonial con Julio Iglesias.
Un largo pleito por los gananciales hubiera complicado ciertamente las cosas al ser ella quien rompió el matrimonio con el cantante.
Y no estaba por esa labor. Quería ser marquesa consorte, aristócrata de España, cuanto antes.
Parecía que una nueva vida sonreía a los recién casados. Desde el principio el marqués conectó muy bien con los tres hijos de Isabel, que todavía vivían con ella, aunque los dos varones (Enrique y Julio) ya estaban a punto de dar el salto a América con su padre.
La pareja había programado pasar la luna de miel en las Islas Vírgenes, pero no querían abandonar inmediatamente después de la boda a los cinco niños (tres de ella y dos de él), por lo que pasaron los primeros días con ellos en la finca de Toledo y después otros cuantos en la nueva casa de Madrid hasta que llegaron las vacaciones de Semana Santa.
Los marqueses de Griñón visitaron más tarde Filipinas, donde fueron recibidos por la propia presidenta Imelda Marcos en su palacio de Malacañang.
Isabel había llamado a todos sus contactos para que de esta visita institucional quedara constancia pública.
Pero entrado ya el segundo año de casados la cosa cambió. La convivencia con Carlos Falcó se hizo cada vez más agobiante para la filipina.
Cuentan algunos amigos que los días transcurrían en medio de una rutina difícil de soportar y los temores al fracaso fueron cuajando paulatinamente.
La argentina Humildad Rodríguez, que durante siete años sirvió al matrimonio, rememoró con cierta amargura esos momentos para la extinta publicación La Revista, que dirigía por entonces Jaime Peñafiel y que pagó unos buenos millones por sus declaraciones.
“Al principio, a esta señora[Isabel Preysler]la encontré tan dulce que me dije, por una vez va a haber suerte, decía que le encantaba el campo y me puse muy contenta porque el señor marqués es muy de estar en su finca, muy hogareño, luego ella resultó ser un camaleón, al casarse cambió totalmente y pocas veces volvió por Malpica como cuando era novia del marqués (…) En[el domicilio de]Arga he vivido, como un miembro más del servicio, el derrumbamiento de un hombre que sufría las humillaciones más terribles por no hablar del desprecio absoluto de la señora Preysler hacia los hijos del marqués”.
Lo que fue muy evidente es que la marquesa de Montellano, Hilda Fernández de Córdova, nunca perdonó a Isabel Preysler el trato a su hijo Carlos, el ya fallecido marqués de Griñón. Y que, según relatan fuentes de la aristocracia española a elcierredigital.com, “siempre la ninguneó”.
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