“Doña Sofía llegó a las pocas horas e indicó que era gorda, redonda y llora mucho”: Leonor, la princesa más misteriosa de Europa cumple 20 años, por Pilar Eyre.
¿Qué sabemos realmente de la princesa Leonor? Pilar Eyre, experta en Casa Real, analiza a la heredera al trono en su 20 cumpleaños.

Llovía a cántaros sobre Madrid aquella madrugada del 31 de octubre de 2005 cuando nació Leonor.
Dos semanas antes Letizia había tenido falsas contracciones y, como creyó que el episodio se repetía, primero no hizo caso hasta que se dio cuenta de que estaba de parto y Felipe y ella se fueron rápidamente a la clínica Ruber en un furgón con los cristales tintados.
A las seis de la mañana dejaron entrar a los periodistas para la comparecencia del entonces príncipe de Asturias.
Vestido de forma impecable, como si acabara de asistir a un acto oficial, y recién afeitado, en ningún momento, a pesar de la emoción que lo embargaba, dejó de referirse a su mujer como la “princesa”.

Contó que Leonor había nacido a la una y media, que pesaba casi cuatro kilos y que él había estado presente durante la cesárea que se le había practicado a Letizia.
Estaba tan preocupado por ella que no se había fijado en el sexo del bebé y lo tuvo que preguntar después.
“Es lo más bonito que le puede pasar a una persona”, repitió varias veces.
Doña Sofía llegó al cabo de pocas horas e indicó que Leonor era “gorda, redonda y llora mucho”, un comentario que al parecer molestó a Letizia.

Le preguntaron a don Juan Carlos a quién se parecía y contestó riendo que a él los recién nacidos nunca se le parecían a nadie.
La infanta Cristina bajó la ventanilla del coche para decirles a los periodistas que Leonor era “preciosa”.
La infanta Elena departió amablemente con la prensa contando que a su hermano le tendrían que poner babero cuando miraba a su hija porque se le caía la baba y la abuela materna manifestó que era una niña “muy buena”.
La misma Letizia declaró con desenvoltura cuando presentó a su hija a los medios, a la salida de la clínica, que iba a estar unos meses de baja porque se iba a dedicar a la “lactancia materna”.
La princesa más misteriosa.
Y ya está. Nunca más se ha hablado de Leonor de Borbón y Ortiz, la princesa más misteriosa de Europa.
Lo que sabemos de ella cabe apenas en medio folio. Ha ido al Colegio Santa María de los Rosales, ha estudiado en Gales y habla varios idiomas.
Aparte de esto, nada, el desierto más absoluto. No sabemos qué notas sacaba, qué amigas tenía, qué tareas extraescolares realizaba.
Desconocemos dónde pasa sus vacaciones, qué hace en su tiempo libre o cómo le va la formación militar; no estamos al corriente de su vida, carácter, aficiones o actividades.

Porque los datos que manejamos acerca de Leonor no dejan de ser hipótesis, rumores, suposiciones, chismes, informaciones, en fin, que no han sido nunca ni corroboradas ni desmentidas por la Zarzuela, cuyo único esfuerzo de comunicación fue aquel vídeo doméstico en el que la familia Borbón Ortiz comía sopa de acelgas.
Leonor solo decía la palabra “dos” contestando a la pregunta de su padre sobre cuántos exámenes le quedaban. Y esa es la única palabra sin guion que le hemos escuchado.
Muy distinta a su padre.
La infancia de su padre fue, sin embargo, un libro abierto, incluso en aquella época de gran cerrazón informativa.
Por sus profesores, compañeros de colegio y por su propio preceptor, el militar Alcina, estábamos al tanto de que a los cinco años tocaba la flauta, cuando le preguntaban qué asignatura le gustaba más respondía “la siesta”, le encantaba actuar y participó en varias comedias teatrales, supimos de sus vacunas, resfriados, faringitis, su grupo sanguíneo –A positivo–, la herida que se hizo en el dedo meñique con una puerta y el corte en la barbilla por culpa de su monopatín.
Y que se rompió el tobillo antes de ir a Canadá.

Hacía colección de soldaditos de plomo, de mecheros, de monedas, de mariposas disecadas, pero lo que más le gustaba en el mundo era mirar las estrellas con el telescopio que le regaló su abuela.
Sabíamos tanto de él que José Apezarena pudo escribir una biografía llamada ‘El príncipe’ que tenía casi 800 páginas.
Hasta su madre nos contó que a los 15 años se había convertido en un niño caprichoso y mimado y que por esa razón habían decidido que estudiara en el extranjero.

A los 15 años también concedió sus primeras entrevistas y dejó fotografiar su habitación, una leonera con el emblema de los piratas, una calavera y dos tibias cruzadas, en la puerta.
También fue en representación de su padre al 500 aniversario de la fundación de Cartagena de Indias y tuvo su primera novia, Viki Carvajal, a la que dejó por consejo de su madre cuando la chica empezó a estudiar periodismo.
Alcina dijo de él que era “algo vago, pero tiene muy buen corazón y en el internado maduró”.

¿Leonor? ¿Qué conocemos de ella? Los periodistas, con más buena voluntad que información, le atribuimos todo tipo de cualidades porque sabemos que nadie nos va a llevar la contraria, pero la verdad es que hemos asistido como espectadores pasivos a la transformación física de la heredera de la Corona desde aquel bebé “redondo y gordo” hasta la guapa muchacha que es ahora, pasando por todas las etapas intermedias, sin poder decir nada de ella porque nada sabemos.
No sabíamos cómo era antes, de niña; no sabemos cómo es ahora, que va a cumplir 20 años.
Las otras herederas.
Las herederas europeas han entendido muy bien el poder de la comunicación y saben que, para ganarse el corazón de su pueblo, deben mostrarse y resultar cercanas.
Isabel de Bélgica ha sido retratada varias veces en la residencia que comparte con otros estudiantes, ha renunciado a su asignación oficial y, como no quiere ser solo una reina que corte cintas de inauguraciones, ha revelado: “Voy a formarme para aprender a servir a la gente”.
Ingrid de Noruega habla libremente de sus aficiones y ha dicho que le gustaría ser médica, “pero no sé si podré”, y Amalia de Holanda ha confesado que visita al psicólogo, que es feminista y partidaria de la libertad de expresión y que nunca iría contra las leyes LGTB.
Se las ve jugando con sus perros, saliendo con amigos vestidas informalmente, mientras que no tenemos ni idea de la personalidad de la que será reina de España.
Como no conocemos ningún rasgo de su temperamento, ninguna anécdota íntima, solo podemos referirnos a su físico, aunque las palabras de admiración extasiada también tienen un límite, esa raya tan fácil de cruzar que va de lo sublime a lo ridículo.
En unos de sus primeros discursos, Felipe dijo: “Quiero que me conozcan los españoles. Si no, nada tendría sentido”. Pues sí, señor. Palabra de rey.
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