La reina Sofía, esperpento el 12 de octubre, un visitante cuenta lo que ha visto por error en Zarzuela.
Mientras la familia real celebraba el Día de la Hispanidad, la oscuridad se mantenía en la Zarzuela.

El Día de la Hispanidad volvió a llenar Madrid de color, banderas y aplausos. En la Castellana, el rey Felipe VI, la reina Letizia y sus hijas presidieron el desfile militar entre vítores y música.
Todo parecía perfecto. Pero en la otra cara de la monarquía, en los jardines silenciosos de Zarzuela, el ambiente era completamente distinto. Allí, la reina Sofía vive uno de los días más tristes de su vida.
Mientras en el centro de Madrid todo eran celebraciones, la oscuridad permanecía en la Zarzuela con la reina Sofía sumida en una profunda tristeza.
La distancia entre sus hijos Felipe, Elena y Cristina; la nula relación con la princesa Leonor y la infanta Sofía; la indiferencia del resto de nietos que solo acuden a ella cuando les interesa instalarse en Zarzuela…
Y lo que más le preocupa: su hermana, Irene de Grecia, que se apaga lentamente.

La reina Sofía no está para celebraciones.
Lejos de los focos, la madre del rey ha quedado relegada a un segundo plano.
Ya no asiste a los grandes actos oficiales, apenas aparece en público y su figura ha quedado rodeada de una discreción que roza el olvido.
Sin embargo, quienes la conocen aseguran que no se trata solo de protocolo. Sofía está rota por dentro.
Desde hace meses, la reina emérita apenas sale del palacio.
La causa tiene nombre propio: su hermana, Irene de Grecia, su compañera inseparable desde hace más de medio siglo, padece Alzheimer en estado avanzado. El deterioro ha sido devastador. Irene ya no habla.
A veces ni siquiera la reconoce. Sofía pasa las horas a su lado, en silencio, cogiéndole la mano, intentando que ese lazo de toda una vida no se rompa del todo.
En los pasillos de Zarzuela reina un silencio absoluto.
El personal se mueve con cautela, consciente de que la reina evita cualquier ruido innecesario.
Las luces permanecen bajas, las cortinas cerradas. La tristeza se ha instalado en el palacio.

No come, apenas duerme… la preocupación es máxima.
Las noches son las más difíciles. Sofía apenas duerme. Teme que la muerte llegue mientras descansa.
Quiere estar presente hasta el último segundo, acompañar a su hermana, como lo ha hecho siempre.
“No quiero dejarla sola”, insiste cuando le proponen salir. Los médicos están preocupados.
Ha perdido peso. Come poco. Habla menos.
Sus hijos tratan de animarla. Felipe VI le ha pedido que retome actos públicos, que asista a alguna recepción o a una misa institucional.
Pero ella se niega. Dice que no tiene fuerzas. Ni ánimo. Solo desea quedarse en Zarzuela, al lado de Irene, mirando cómo pasan los días.
Pocas personas han tenido acceso a los aposentos privados de la reina Sofía en Zarzuela.
Son espacios reservados, casi sagrados, a los que solo entra un pequeño círculo de confianza.
Pero algunos han estado allí. Y uno de ellos, según relató Pilar Eyre en un artículo para Lecturas, describió una escena que parecía salida de una película de terror.
Según su testimonio, aquella persona se desorientó entre los pasillos del palacio y, sin querer, terminó frente a una puerta entreabierta.
Al mirar dentro, se encontró con una imagen que no olvidaría jamás.
Sofía e Irene de Grecia compartían una cena silenciosa alrededor de una pequeña mesa camilla, cubiertas con vestimentas negras, sin rastro de las sonrisas amables que suelen mostrar en público.
“Eran como dos ancianas griegas, serenas y sombrías. La escena me sobrecogió”, habría confesado la fuente.
El ambiente, contaba, era casi irreal. Solo una lámpara de pie proyectaba una luz amarillenta sobre la estancia, creando sombras alargadas en las paredes y una atmósfera de recogimiento y misterio.
Ni una palabra. Solo el leve tintineo del cubierto sobre el plato y el silencio absoluto del palacio a su alrededor.
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