Alucine ante el último discurso disparatado de Feijóo, ahora sobre los autónomos: “Cuando crees que los derechos son privilegios”.

El último discurso del líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha vuelto a poner en evidencia lo que muchos consideran un salto al vacío en su estrategia de comunicación.
En un acto en el que se reunió con autónomos y les prometió medidas para “dejarles trabajar”, su intervención derivó rápidamente hacia un terreno discursivo tan sorprendente como arriesgado.
Cuando un político de su peso afirma, sin matices aparentes, que “jamás he visto a un autónomo pedir un subsidio, ni hacer huelga, ni pedir un privilegio”, el resultado no es solo un titular, sino una ola de preguntas sobre su visión del mundo laboral, de los derechos y de la democracia.
Feijóo se presentó ante ese colectivo como defensor de su actividad, pero en un momento su discurso se tornó en esencialista y excluyente: al desasociar al autónomo de derechos fundamentales como la huelga o la protesta, lo elevado al nivel de responsabilidad se convirtió —como argumentan sus críticos— en un reproche implícito hacia quienes sí reivindican esos derechos.
La frase “lo que uno ve pocas veces es un autónomo hacer huelga, salir en manifestación o pedir un privilegio” no ha sido considerada desde el sector como una simple exageración retórica, sino como un juicio que pone en entredicho el derecho legítimo a protestar, a pedir seguridad social o a reclamar condiciones laborales.
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En las redes sociales, el impacto ha sido inmediato. Autónomos que sí han protagonizado manifestaciones, que han reclamado subvenciones o que han sacado pancartas en días laborables se encontraron de pronto desautorizados por la voz de quien aspira a dirigir a todo un partido y potencialmente al país.
La pregunta que muchos se hacen es: ¿Qué es para Feijóo un “privilegio”? ¿Ejercer el derecho a huelga, pedir ayudas en momentos difíciles, disentir? Y lo que es más grave: ¿no está implicando que esos derechos forman parte de un privilegio, de algo excepcional que no debería corresponder a un trabajador autónomo?
El problema de este discurso —más allá de su contradicción con la realidad— es que revela una visión del mundo laboral que reduce el valor de la protesta y eleva el trabajo individual como paradigma sin matices.
Mientras gobiernos de diversos países han reconocido que los autónomos también pueden negociar condiciones, maniobrar ante crisis, protestar y, en definitiva, formar parte de una fuerza social que puede incorporar demandas colectivas, Feijóo pareció querer aislarlos en un estereotipo de “empresarios individuales que no hacen ruido”.
Esa imagen puede atraer a ciertos sectores, pero también resulta profundamente alienante para quienes han vivido en carne propia la precariedad, la imposición de jornadas largas, la soledad administrativa o la presión económica.
El discurso provocó reacciones contrarias incluso dentro del PP. No sólo desde los partidos de la oposición, sino desde sectores afines que consideran que el líder popular ha cometido “una de las intervenciones más incoherentes” de los últimos tiempos.
El trasfondo es grave: cuando el propio presidente de la oposición deja un colectivo laboral tan numeroso como los autónomos fuera de la lógica de reivindicación, está enviando un mensaje que trasciende lo económico y califica actitudes como “normales” (trabajar sin reclamar) frente a otras como “anómalas” (manifestarse, exigir).
El momento escogido para la declaración también añade complejidad. Se produce en un contexto en el que el PP necesita recuperar terreno frente al auge de Vox, donde los autónomos son considerados un colectivo clave.
Feijóo prometió medidas como la reducción de la burocracia, declarar el IVA anualmente en lugar de cada trimestre, y aliviar cargas fiscales. Pero fue precisamente ese tramo del discurso el que pasó desapercibido frente a la frase que generó el terremoto mediático.
Porque, cuando el mensaje central se convierte en “los autónomos no hacen huelga ni piden subsidios”, el resto de promesas se ve eclipsado.
Expertos en comunicación política señalan que esta fue una falta de coherencia estratégica. El mensaje enviado no solo es contradictorio con datos y experiencias reales de autónomos que han luchado por sus derechos, sino que también erosiona la credibilidad del orador.
Al ser líder de un partido aspirante a gobernar, cada palabra se interpreta como parte de una visión de país.
Y si esa visión excluye o denigra el derecho a protestar o reclamar, abre grietas en el relato de la moderación y la defensa del ciudadano que el PP había intentado construir.
En términos de reputación, para Feijóo este discurso supone un nuevo desafío.
En los últimos meses ha tenido que enfrentarse a crisis internas, el ascenso de Vox y la percepción de que su liderazgo carece de la “fuerza emocional” que requieren los votantes.
Este discurso lo coloca en el centro del fuego —no del partido o de la oposición, sino del público general— y pone en cuestión su sensibilidad hacia una coyuntura económica y social que, para muchos autónomos, no es precisamente de privilegio.
El efecto político está en marcha. Los autónomos son un colectivo activo y numeroso, que no está ajeno a la movilización.
Que el líder de la oposición los sitúe fuera de la lógica de la protesta puede generar respuestas.
En un momento en que la competitividad de los partidos se decide por los márgenes, por quién conecta mejor con las clases medias, por quién interpreta la dificultad cotidiana como obligación moral compartida, alegatos como los de Feijóo funcionan como una señal de alerta para su electorado.
Al final del acto, muchos asistentes se marcharon preguntándose si habían escuchado una ofensiva contra una parte de sí mismos.
Y mientras los analistas repasan la intervención, la conclusión más habitual es que “cuando crees que los derechos son privilegios”, el discurso deja de ser político para convertirse en ideológico, excluyente y polarizador.
Si los autónomos pasan a ser vistos como “trabajadores sin reclamo” y la protesta como algo ajeno a ellos, la promesa de “dejarles trabajar” pierde parte de su fuerza transformadora.
En una democracia avanzada, el papel del autónomo ha evolucionado. No es solo emprender por cuenta propia, sino también incorporarse a redes, organizaciones, reclamar condiciones, participar en el tejido colectivo.
Cuando el líder del principal partido de la oposición les dice que “jamás les ha visto hacer huelga”, crea un distanciamiento innecesario entre su discurso y la realidad. Y ese distanciamiento se convierte en riesgo político.
Para Feijóo quedan dos posibles caminos: rectificar con humildad y reconocer que su frase fue desafortunada, o reforzarla defendiendo que, efectivamente, la protesta sobredimensiona un colectivo que él considera ejemplar.
El segundo camino puede satisfacer a una parte de su base más conservadora, pero también endurece las divisiones internas y crea una sensación de desconexión con los autónomos que ya no se reconocen en esa imagen.
En definitiva, el discurso de este miércoles no pasará desapercibido. Puede que mañana se integre en la historia de los errores estratégicos de un líder político.
O quizá se interprete como un ejercicio de sinceridad sin filtros. Pero lo cierto es que ha abierto un debate profundo sobre cómo los políticos perciben los derechos laborales, los privilegios y el papel de la protesta en la vida de una economía moderna.
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